lunes, 21 de enero de 2013

Biografía de San Sebastián


San Sebastián nació en Narbona (Francia) en el seno de una familia romana adinerada y vivió en Milán. Muy joven entró a formar parte de la guardia pretoriana, en la que pronto alcanzó la confianza imperial y altas responsabilidades. Por su fidelidad y lealtad, se acercó muy pronto a los emperadores Diocleciano y Maximiano (286-305), que lo escogieron para formar parte de su cuerpo de guardia personal. El hecho de merecer la confianza imperial le permitía desarrollar una eficaz campaña paralela de apoyo, asistencia y consuelo a cristianos encarcelados, como también la propagación del Evangelio a familias nobles y magistrados.




Los emperadores, viendo como una amenaza la expansión del cristianismo, endurecieron la persecución a los cristianos. La fiel comunidad de Roma se reunió atemorizada en torno al papa Cayo, que distribuyó una responsabilidad concreta ante el peligro; a Sebastián le adjudica el título de defensor de la Iglesia. Los martirios se sucedieron entonces.




La actividad de Sebastián iba acompañada de hechos notables y prodigiosos, y provocaban una intensa propagación del cristianismo. Se unía a ello, además, su celo en la asistencia a los encarcelados y la piadosa sepultura a los mártires. Todo esto, naturalmente, no pasó desapercibido.



Fue denunciado y llamado a juicio por los emperadores, y Diocleciano lo acusó de falta de fidelidad al Imperio. Sebastián rebatió la acusación y afirmó que siempre había rezado a Dios por la salvación de Roma. Comprobada la constancia y firmeza de su profesión cristiana, el joven oficial fue condenado a muerte por medio del suplicio de flechas. Trasladado por sus compañeros a un lugar apropiado, fue atado desnudo a un tronco de árbol y asaeteado con multitud de flechas.



Los verdugos, creyéndolo muerto, lo abandonaron en el tronco. En plena noche, los cristianos cercanos a él, se acercaron al lugar del suplicio para recuperar el cuerpo de Sebastián y darle digna sepultura. Entonces se dieron cuenta que aún permanecía vivo. La noble dama Irene (después Santa Irene), viuda del mártir Cástulo, lo trasladó a su palacio, donde lo curó, y prodigiosamente se restableció.

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